“Ya no me cantes cigarra que acabe tu sonsonete. Que tu canto aquí en el alma, como un puñal se me mete. Sabiendo que cuando cantas, pregonando vas tu muerte. (Raymundo Perez y Soto)”

No recuerdo el canto de las chicharras, también llamadas cigarras, en época de frío. Siempre se escuchaba su canto ensordecedor en los días de calor. En Santander mi tierra, es común escucharlas y parecieran millones cantando, si es que a eso se le puede llamar canto. De ellas decían muchas cosas, pero hubo una que me llamaba poderosamente la atención y era que las chicharras terminaban reventándose por el mismo ruido que hacían. Con el tiempo busqué algo sobre el tema y encontré que la causa de su muerte era la diferencia de presión sonora producida por su aparato estridulatorio ( capacidad de producir sonido mediante la fricción de ciertas partes del cuerpo.).

Yo no sé a cuantas personas les pase, pero últimamente parece que todo nos mantuviera la mente, el corazón y el cuerpo calientes, como tizones dispuestos a quemar a quien se acerque a nosotros, o a quien se atreva a contradecirnos o hacer cualquier cosa que consideremos afrenta. Somos volcanes dispuestos a explotar en el momento menos esperado. El asunto no es de ahora, pues viendo algunas notas viejas, me di cuenta que ya he tocado el tema, solo que ahora dejé de preocuparme por lo externo y empecé a preocuparme por lo interno.

La estridulación es utilizada por las chicharras como una forma de atraer pareja pero también hay casos en los que se busca marcar territorio. En el primer caso, siento que la chicharra busca desesperadamente llamar la atención y en el segundo, hacerse con un territorio a costa de lo que sea. Lo curioso es que al atraer pareja, el tiempo para la chicharra se acorta ( teniendo en cuenta que viven hasta 17 años) pues desde el momento en que encuentran esa pareja, hasta el día en que ovulan y dejan sus huevos, su vida entra en la fase final. Lo mismo pasa a los machos, que en su afán de conseguir esa pareja o marcar territorio terminan reventándose y muriendo. Total, ese canto es un presagio de un final cercano que estos insectos quizá desconocen.

Este año he vivido en carne propia varios eventos que me han generado sorpresa y me han permitido ver de frente cómo uno puede convertirse en una chicharra y meterse en ese círculo suicida sin darse cuenta. Buscando ser importante, especial, indispensable, irremplazable o queriendo marcar un territorio imposible de marcar. Afortunadamente en mi caso, ya reconozco mi canto de chicharra y se cuando las cosas se me están saliendo de las manos y debo parar, pero parar no siempre es fácil. Parar exige una serie de compromisos con uno mismo que al fallar, terminan regresándolo al principio con una carga de frustración mayor a la que tenia cuando empezó el proceso.

Lo primero que me di cuenta es que quizá la chicharra no es consciente de su desesperación, de su ansiedad o de su urgencia por conseguir una pareja o marcar un territorio, lo que al final la lleva a producir ese ruido con más fuerza, terminando en su propia eliminación. Yo me empecé a percatar de esa desesperación en que vive la gente buscando el éxito, buscando una etiqueta que les haga sentirse importantes o algo que les haga creer que son poderosos y hacerse la selfie con el subtexto: Soy exitoso!… Lo logré. Cada cual a su manera pienso. Pero no tiene porque ser mi cuadro. No me interesa a costa de mi salud, etiquetas de ese tipo. La otra cosa que noté, es que nos da vergüenza enfrentar nuestras emociones, reconocerlas y trabajar en ellas. Estamos en la era del falso perfeccionismo, de los superaditos, de los que trascendieron todas sus emociones “negativas” y nos aterra que nos vean débiles, imperfectos, enojados, enfermos, limitados. Nos espanta no ser el de la selfie y por eso todos los días enmascaramos todo lo que pueda ir contra esa imagen que creemos hay que tener. Si bien, es cierto, que la adicción al drama es otro mega problema, este de los adictos a la perfección lo supera pues son multitudes queriendo parecer perfectos y superados cuando en realidad no lo son y al no serlo, viven enojados, pero como las chicharras gritan, cantan, se enloquecen y enloquecen, para al final terminar explotando y sacando todo lo que habían guardado.

Quizá no sea tu caso, quizá seas una especie diferente. En mi caso este año comenzó con una fractura en una pierna, una subida de presión muy fuerte y un derrame en un ojo que me sirvieron para darme cuenta que era una chicharra más a punto de explotar, y que aunque supiera las reglas del juego de la vida y de la búsqueda de la paz interior, no las estaba aplicando como tenía que hacerlo.

Fue eso lo que me llevó a hacer un alto en el camino. A generar una mega crisis que me alejara del trabajo que tenía, de la gente que rodeaba y me tomara en serio mi viaje interior y mi trabajo conmigo mismo para sanar ese corazón que hervía, esa mente caliente, ese deseo de gritar cual chicharra desesperada a punto de explotar. Ese volcán a punto de aventar su fuego.

Ahora puedo ver las cosas desde afuera, a cierta distancia, ahora he hecho ciertos pactos conmigo mismo sin olvidar que en cualquier momento puedo caer de nuevo pues estoy en este mundo en donde pareciera que todo está diseñado para reventarse en cualquier momento. Procuro estar el menor tiempo en redes sociales, procuro no ver cosas que me generen malestar y procuro limpiar mi mente y mi día a día de cualquier cosa que amenace esa paz que estoy buscando a diario.

Pero les confieso algo, todos lo días, en el momento menos esperado aparece algo, o alguien que amenaza mi salud mental. Es parte del entrenamiento, ver todo eso y dejarlo pasar, o simplemente limpiar y elegir no querer más eso en mi vida. No ver más en otros, mis proyecciones, porque ese algo o alguien, no son más que las proyecciones de una mente descontrolada.

Si llegaste a este punto de esta nota, te invito a que juntos miremos en nuestro entorno cuantas chicharras tenemos a nuestro alrededor, gritando para llamar la atención, para marcar territorio, para que les demos la razón y simplemente elijamos bajar el volumen, callar nuestra voz y aquietar nuestra alma para cambiar no el mundo exterior, sino nuestro mundo interior. Veremos juntos, que eso que nos afectaba afuera desaparecerá cuando adentro empiece nuestra propia sanación.
El pasado me ha dejado una gran enseñanza y es que en el silencio y la quietud podemos conectarnos con Dios. Que no somos chicharras que necesiten llamar la atención ni marcar territorios, ni tener la razón, y que por más tentaciones que tengamos en nuestro entorno, somos nosotros los que podemos aquietar, cambiar, calmar, silenciar y soltar. Somos el adentro. Somos el afuera.

Si en este momento sientes que no tienes nada que ver con esto, te invito a que pienses cuantos enojos has tenido en el último día, la última semana, el último mes… Cuanto has querido gritar, reventarte, imponerte.

Yo por mi parte seguiré trabajando en mi mismo, en mi silencio y mi quietud aunque afuera millones de chicharras estén enloqueciendo y a punta de reventar por razones políticas, sociales, económicas o por simplemente llamar la atención queriendo imponer su razón. Yo seguiré mi camino hasta que un día no escuche más ese canto que presagia dolor y muerte.

Un abrazo fuerte!…

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